Tuesday, January 24, 2012

onza once

Era frío, helado, casicongelado.
Las losas antiguas, gastadas, pisadas:
¿dónde estaban los colores?

La noche aquella se lo tragó. Todo.
fa
go
ci
tar
Fagocitodo.
Te comió a ti. A mí. A nos-altres.
Y fue ella.
(losé.estoysegura)

Ella me inclinó. Me incitó. Ella me llevó.
Ella a él.
(losé.estoysegura)
Me llevó. a tocar lo que era mío.
Lo que no eras tú.

No era mío. No lo quise.
Eras mío. No te quise.

Saturday, January 14, 2012

14012012




Sus días se combustionaban al contacto del oxígeno atmosférico a una velocidad de vértigo. Apenas amanecía, sin saber cómo, el tiempo echaba a correr y se transformaba la mañana en tarde y, luego, en noche, sin apenas llegar a apercibirse de ello. Se levantaba del exiguo catre con la luzazul del alba, cuando se daba cuenta, el desayuno se había transformado en almuerzo, cuando se se sentaba a la mesa a trabajar ya había atardecido y el sueño le atenazaba y el catre aún deshecho le llamaba de nuevo al cobijo del abrazo morféico de la noche eterna, sin Vía Láctea ni estrella polar.

Su soledad devoraba su tiempo de una manera ávida y feroz, no dejándole a él más que las migajas de un tiempo volátil y fútil que iba y venía y que parecían pertenecer algún otro, pero no a él. Su tiempo ya no era suyo. Su alma ya no era suya. Ella ya no era suya. Aquellas piernas se habían marchado llevándose consigo al tiempo, al alma y a la mujer. Aquellas piernas metidas en medias de cristal, cabalgantes sobre un par de zapatos de ante verde billar. Aquellas piernas se había llevado a la mujer que había amado, llevándose consigo, además, su tiempo y su alma y dejándole tan solo una vida que vivir, pero sin nada por lo que hacerlo.


La imagen es un detalle de la tabla de la derecha del tríptico de Hyeronimus Bosch titulado El jardín de las delicias, archiconocido por todos. He regresado, aunque no todo lo creativamente que habría de desearse. Se prometen nuevos microrrelatos.


Tuesday, June 14, 2011

Que parezca un accidente y no un crimen pasional


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La pulida y brillante hoja de la daga se hendía quebrando cada una de las capas de tejido de su marmórea piel que, hasta hacía unos instantes, había considerado una superficie inquebrantable y pétrea. Sin dudarlo, el color lechoso de su piel había abrazado con avidez el carmesí de un hilo fino que brillaba al manar del agujero oscuro que había profanado sus sagradas entrañas y que teñía la palidez, casi virginal, de su vientre.

No podía mirarle a la cara. No quería mirarle a la cara. Podía imaginar el rictus que habrían adoptado sus rasgos delicados, la descomposición de su rostro, los zafíreos ojos saliéndose de las cuencas en busca del oxígeno que esa herida robaba a sus alvéolos; los orificios nasales abiertos hasta la inmensidad, casi dejándose escapar el alma, que huía de aquella herida sangrante, como el diablo de la cruz… Y su boca, no quería imaginar aquella boca. Esa boca que encerraba esa lengua que tantas veces mi nombre había pronunciado, encerrada por los níveos dientes que mi piel habían desgarrado en el fragor del amor más virulento, esos labios que habían succionado mi amor hasta arrancármelo y dejarme seco y haberme convertido en este monstruo desalmado que ahora acababa con su vida.

Imaginaba su cara, descompuesta por la sorpresa, el dolor y la visión de la sombra de la guaña, invisible para mí, pero presente ante ella. Todos mis sufrimientos, convertidos en depravación y vileza, pugnaban por hacerla sufrir y separarla del descanso eterno y del abrazo de la armada muerte todo lo posible, aunque aún residía en mí un leve rasgo de humanidad que me hizo retorcer el agudo cuchillo en la hendidura de su vientre, dándole fin a aquella vida tan bella que había vivido dentro de mí. Su boca suspiraba y musitaba sin sentido y sentía su cuerpo retorcerse entre mis brazos traicioneros y sentí como, sostenida por mí, exhalaba y se entregaba a quien quiera que estuviese esperándola en el más allá.

Abracé con mi vida y con mis brazos el cuerpo exangüe que se me resbalaba hacia el suelo, tras el cese de la resistencia a la recta gravedad. Incapaz y sin fuerzas, se lo entregué a ella y cayó al suelo con un fuerte estrépito, mientras, al unísono, por mi rostro se resbalaban las más gruesas lágrimas que se llevaban consigo el poco sentimiento que hacia ella mi interior todavía albergaba. Por un momento, sentí morir. Y quise hacerlo, arrancarle aquella daga del vientre a ella y llevarla yo hasta mis entrañas y unirnos en otro mundo, donde el deseo no nos hubiera llevado por la calle de la Amargura, pero el valor se me había agotado. No pude darme fin a mí mismo. Y huí de allí, dejándola sola y muerta con la daga hendida y con mi alma prendida en su empuñadura.



Aquí os dejo, después de meses, algo. Es violento y terrible, pero me ha salido así al ver ese detalle de la pintura de 1750 de Andrea Casali, Lucretia. Espero que os horripile y me digáis eso de: ¡bienvenida de nuevo!

Friday, January 14, 2011

14012011

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No lograba entender cómo aquella estúpida idea -por llamarlo de algún modo- había logrado hacerse un hueco de tal magnitud en su cabeza. Solo sabía que un deseo irrefrenable había brotado como de la nada, por generación espontánea podría decirse, en alguno de los lóbulos esponjosos de su cerebro, había ido germinando alrededor de su córtex cerebral y, como una mala yerba, se hubiera dado a la colonización extensiva de sus cervicales y parte de su espina dorsal hasta llenar los oquedades de su tórax y apresar al corazón en un angustioso y estrecho abrazo que solo permitía latidos que bombearan sangre en nombre de aquellos rizos trémulos, de aquella nariz chata y salpicada, de aquellos jugosos labios rojos, de aquel cuerpo menudo y palpitante...

Aquella idea había conquistado cada una de sus extensiones vitales y no la dejaban actuar con voluntad propia. Sentía su libre albedrío coartado, sentía como si hubiera estado videando "Picnic" en 1957 y en lugar de a comer palomitas de maíz y a beber Coca-Cola, un malvado James Vicary la hubiera instado a amar a aquel joven, mediante la repetición de la sentencia "Hungry? Eat him!" de manera subliminal. Suspiró y meneó la cabeza incrédula. Era incapaz de reconocer ante sí el hecho de que se había enamorado como todas aquellas tontas a las que llevaba difamando años.



Apiádate de mí, musa, y dame alas para ascender a lo inmanente con un trazo; dame pies ligeros para hollar las pantanosas sendas de la fama sin hundirme y perecer emborrachada del cieno del olvido.


Tuesday, December 14, 2010

14122010

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Había vagado de aquí para allá durante tiempo indefinido. Había remado, andado, cabalgado, volado, corrido, saltado, se había arrastrado y había reptado incluso y había alcanzado a conocer las verdades más íntimas del mundo y de la sociedad podrida que le había prestado la personalidad. Y se supo sucia y putrefacta también, fue entonces cuando intentó cometer el suicidio sobre su persona, pero al no encontrar un modo que fuera acorde a su gran mente, desistió y continuó vagando, aunque la plena consciencia de la podredumbre del mundo le hizo volver la vista a ese mundo de una manera completamente nueva y diferente.

Y un día, brutalmente, logró concebir las cotas de barbarie que asolaban la tierra que sus pies hollaban. Dondequiera que clavara la mirada, podía observar la agonía de la muerte, las punzadas de desazón y desesperanza y no cesaba de escuchar aquellos gemidos lastimeros que desgarraban las gargantas de aquellos que los proferían en una vana pugna por clemencia que nadie ofrecía. Guerra, hambre, muerte y destrucción. Y entre todo ello, estaba Amy: fría y muertísima; y ella estaba sola, desprovista de todo, excepto de su fardo de libros viejos y de su mente arrebolada por las nuevas y grotescas percepciones que tan bruscamente habían tergiversado su visión de aquella realidad. ¿Qué podía hacer? ¿Correr o pudrirse junto a un cadáver en descomposición?

Con sus primeras lágrimas de pánico mojando sus mejillas, corrió en pos de alejarse de aquello, hasta que el aliento se le congeló en el pecho y los músculos de sus piernas la arrojaron a la tierra yerma y polvorienta, cubierta de mugre, sangre y la barbarie que la habían despojado de todo, menos de la Sofía, que pendía de su hombro. Y supo que no había otra cosa, salvo aquello y ningún lugar al que huir.


Aspiraciones de novelista de libro de bolsillo.


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